Hace tiempo atrás un amigo, medio en broma medio en serio (más en broma, creo) me preguntó: <<¿Cuál es la clave de tu éxito?>>… al principio me sentí alagado, pero luego comencé a preguntarme de qué éxito me estaba hablando y le pregunté… <<¿qué éxito? a qué te refieres>>. Su respuesta me dejó aún más perplejo <<Estás trabajando en algo que te gusta, te apasiona y ganas buena plata>> ambas afirmaciones eran ciertas, pero no respondía a mi pregunta inicial. Por lo menos mis parámetros de éxito no concordaban con lo que mi amigo estaba planteando. La respuesta fácil y del momento fue que había sido la suerte, había encontrado un espacio dentro del periodismo que es de nicho y hasta ahora ha sido poco explotado. Me estoy especializando en comunicar innovación y adquiriendo constantemente conocimiento sobre modelos de negocio desde la gestión corporativa. Pese a esta simple respuesta, el tema del éxito quedó rondando en mi cabeza ¿Por qué a los ojos de mi amigo yo era una persona exitosa si no me siento así?
Luego de esta conversación comencé a cuestionarme qué me había hecho llegar hasta el, a mi juicio, mal denominado éxito del que mi amigo hablaba, por qué estaba destacando en un área perteneciente principalmente a los ingenieros y podía debatir y entablar conversaciones de tú a tú con mis compañeros de trabajo. Volviendo a las respuestas simples, llegué a la conclusión de que se debía a que, en comparación a mis colegas de trabajo, yo sí sabía sobre comunicación y de ahí el valor que aportaba a ellos.
Entonces surgió una pregunta aún más profunda que me llevó a la reflexión principal de este post ¿Cómo es que logré alcanzar el mismo nivel de discurso que ellos y pude comunicarme en su mismo lenguaje comprendiendo las complejidades de sus conversaciones, sin haber estudiado nada relacionado con negocios ni economía? Esta respuesta no fue para nada fácil, tampoco era factible resumirlo en que poseyera algún nivel de talento relacionado con estos temas o una capacidad para interpretar a estos u otros profesionales. De hecho, de mi grupo de compañeros creo que soy uno de los que poseía menor talento para el periodismo, era uno de los que más tenía que estudiar para poder superar las pruebas, estudiar hasta muy entrada la noche, sin dormir a veces, o tenía que revisar una y otra vez lo que escribía puesto que mi ortografía era horrible y algo de dislexia tenía (o tengo).
Leyendo el libro MindSet (el cual recomiendo absolutamente) vislumbré una tímida respuesta. A finales de cuarto medio me encontraba en el regocijo absoluto respecto a mi supuesto talento que algunos de mis profesores y amigos encontraban en mí, muchas veces fui arrogante y cuando entré a la universidad sentía que era un “elegido”. No siempre había sido así, cuando era más pequeño también me hablaban de mi talento y en realidad lo que a mí me gustaba era aprender. Llegar a la universidad y darme cuenta que no era para nada talentoso, que existían muchos compañeros 10 o 50 veces más capaces que yo me llevó a dos caminos. El primero era seguir creyendo que era una persona talentosa y que mis errores se justificaban por haber estudiado en peores colegios que mis futuros colegas o porque mis profesores me tenían mala. Al principio reaccioné de esa forma y mis calificaciones sólo empeoraron. De hecho una de mis peores notas fue un 2,7 en historia contemporánea. Fue entonces cuando mi, en ese entonces, “polola” (novia) me sentó en la plaza de armas de Santiago de Chile y me dijo <<Amor, yo sé que eres capaz de mejorar. Si te esfuerzas lo suficiente yo sé que eres capaz de cualquier cosa>>. Sin duda tuvo razón, pasé esa asignatura con un 6,3 de un máximo de 7.
La gran lección que aprendí ese día es que si bien importan las capacidades actuales que tengas, lo realmente importante son las capacidades que puedes llegar a desarrollar si te esfuerzas. En general, terminé obteniendo las mismas notas que mis compañeros a mi juicio más dotados que yo, pero lo que nunca dejé de hacer fue esforzarme hasta mis límites, para luego ponerme metas más ambiciosas y grandes. Aprendí que lo que realmente me apasiona no es ser considerado inteligente, sino que aprender constantemente. Desarrollé una técnica que me ha servido hasta ahora cada vez que me enfrento a un nuevo conocimiento o a un nuevo problema, ésta se resume en aplicar aquello que aprendo, o las soluciones que pienso, de inmediato y de baja a gran escala. Todo lo que aprendo lo traspaso a un prototipeo inmediato, lo pruebo en diferentes escenarios y con diferentes personas y lo aplico hasta que siento dominarlo y puedo pasar al siguiente nivel o problema que solucionar. Así fue como logré adquirir el conocimiento que me llevó a encajar donde estoy actualmente, así es como día a día sigo tratando de probarme a mí mismo que lo que puedo lograr se reduce a cuanto esfuerzo y tenacidad pongo en ello. Volviendo al punto inicial, creo que mi mayor suerte es el estar trabajando con un grupo de personas que realmente valora la capacidad de aprender y de llevar esos conocimientos a la práctica y no tanto tus “capacidades innatas”.
“Sólo sé que nada sé” fue una frase de Sócrates (o Platón, como quieran) pero que se resume en la imposibilidad de poseer todo el conocimiento puesto que una vida no alcanza para adquirirlo. Creo que esa se podría decir que es la “clave de mi éxito”, que creo que jamás llegaré a saber lo suficiente como para sentirme conforme y que jamás dejaré de esforzarme por aprender más y superarme a mí mismo. Por supuesto que compito con otros, pero mi mayor enemigo son mis propias limitaciones.